El martillo cayó en el hueco donde debería haber estado mi cabeza, aún no sé cómo logré rodar a tiempo, pero eso me salvó la vida. Con el brazo del escudo entumecido y todavía algo aturdido me levanté. El semiorco miraba hacia mí con desdén y sacando el martillo del agujero que hizo en el suelo me atacó de abajo arriba, aprovechando el impulso de sacar el martillo del suelo. Lo desvié hacia la derecha con la espada dejando su flanco al descubierto.
Hundí mi espada en su costado abriéndome paso entre sus costillas, hacia el corazón. El semiorco, conocedor de mis intenciones, al sentir la espada descargó su codo en mi cara con toda la fuerza que tenía. A poco me deja inconsciente, pero logré mantenerme a tono lo suficiente para terminar el trabajo. Saqué la espada del cuerpo del semiorco mientras él caía inerte en el suelo, limpié la espada y la guardé.
La pobre granjera sólo pudo darme las gracias y salió corriendo hacia su casa, yo me acerqué a una roca, me senté y apoyé la cabeza en ella. La cara me dolía y sangraba por la nariz y la boca, el brazo, posiblemente fracturado, apenas podía moverlo. Invoqué el poder de Torm y me sané de mis heridas. Descansé un rato más contra la piedra y después me levanté dispuesto a partir.
Había anochecido cuando comencé a partir rumbo Assen, cuando noté otra presencia impía, ésta era una de las más oscuras que había notado, presumiblemente era un vampiro, ya que la oscuridad de éstos seres es fácilmente reconocible. Seguí caminando hacia mi destino y noté como la presencia me adelantaba, intentando emboscarme más adelante en el camino.
Cuando llegué a la altura del camino donde me estaba esperando aquella presencia, miré hacia donde estaba y saqué mi escudo y la espada. Con voz iracunda dije “Sal de ahí, maldito vampiro y lucha como tienes que luchar.” De entre las sombras apareció Selil, con una sonrisa en la boca, mirándome “Querido, no eres nada educado para ser un paladín”.
jueves 21 de enero de 2010
lunes 9 de noviembre de 2009
Consecuencias
Gracias a ti vi la verdadera luz, aquellos días que pasé en tu castillo bajo tu cuidado fueron, sin lugar a dudas, los mejores de toda mi vida. Pero la realidad me sacudió como una maza a un enemigo al salir de tu castillo. En ese mismo momento comprendí lo estúpido de mis actos. Lo acaecido allí dentro era una traición a Torm.
Caminé durante horas sin rumbo fijo, pensé en como había llegado a ese punto y cuales serían las consecuencias. No tenia muy claro qué hacer, ni siquiera tenía claro con quien podía hablar del tema en cuestión. Cuando Torm me llamara a su presencia no tendría nada con lo que excusarme, ya que ninguna excusa sirve para justificar la unión entre un paladín y un vampiro, uno de sus mayores enemigos.
Pero lo hecho, hecho estaba y yo tenía un servicio que hacer, una vez más cogí mi escudo, afilé mi espada y me preparé para la batalla. Apenas pensé en contra de quien me tocaba batallar esta vez, sólo podía pensar en tu hermoso rostro y en lo que Torm me haría cuando se enterara de lo ocurrido.
Un agudo grito me saco de mis pensamientos, el grito de una mujer presumiblemente, venia de más adelante en el camino. Corrí hacia allí tan rápido como pude, haciendo un gran ruido con la armadura. Cuando llegué al pequeño claro en el bosque pude ver a cuatro hombres rodeando a una mujer.
Tres de ellos eran humanos de complexión fuerte y el cuarto era una mole de color verdoso, un semiorco, todos ellos fuertemente armados, ese combate no sería fácil, pero casi di gracias por sacar de mi cabeza los funestos pensamientos que en ella rondaban. Solté mi grito de batalla y cargue contra el enemigo, no necesitaba el factor sorpresa.
Invoqué a Torm y noté como el poder creció en mí, el semiorco mandó a los otros tres en mi contra. El primero apenas pudo levantar la espada antes de que le atravesara la garganta, interpuse mi escudo entre la espada del segundo y gire sobre mi pie para esquivar al tercero, durante el giro dibuje un semicírculo, la cabeza del segundo bandido yacía a mis pies, el tercero viendo como habían acabado sus amigos comenzó a huir; no dio más de dos pasos antes de morir.
Escuché unos aplausos, volví la cabeza y el semiorco sonreía mirando hacia mí. Cogió un enorme martillo a dos manos y cargó. Cuando me golpeó con el martillo puse el escudo en medio, el impacto a poco rompió mi brazo y caí al suelo, aturdido, miré hacia el semiorco y vi que el martillo se alzaba…
Caminé durante horas sin rumbo fijo, pensé en como había llegado a ese punto y cuales serían las consecuencias. No tenia muy claro qué hacer, ni siquiera tenía claro con quien podía hablar del tema en cuestión. Cuando Torm me llamara a su presencia no tendría nada con lo que excusarme, ya que ninguna excusa sirve para justificar la unión entre un paladín y un vampiro, uno de sus mayores enemigos.
Pero lo hecho, hecho estaba y yo tenía un servicio que hacer, una vez más cogí mi escudo, afilé mi espada y me preparé para la batalla. Apenas pensé en contra de quien me tocaba batallar esta vez, sólo podía pensar en tu hermoso rostro y en lo que Torm me haría cuando se enterara de lo ocurrido.
Un agudo grito me saco de mis pensamientos, el grito de una mujer presumiblemente, venia de más adelante en el camino. Corrí hacia allí tan rápido como pude, haciendo un gran ruido con la armadura. Cuando llegué al pequeño claro en el bosque pude ver a cuatro hombres rodeando a una mujer.
Tres de ellos eran humanos de complexión fuerte y el cuarto era una mole de color verdoso, un semiorco, todos ellos fuertemente armados, ese combate no sería fácil, pero casi di gracias por sacar de mi cabeza los funestos pensamientos que en ella rondaban. Solté mi grito de batalla y cargue contra el enemigo, no necesitaba el factor sorpresa.
Invoqué a Torm y noté como el poder creció en mí, el semiorco mandó a los otros tres en mi contra. El primero apenas pudo levantar la espada antes de que le atravesara la garganta, interpuse mi escudo entre la espada del segundo y gire sobre mi pie para esquivar al tercero, durante el giro dibuje un semicírculo, la cabeza del segundo bandido yacía a mis pies, el tercero viendo como habían acabado sus amigos comenzó a huir; no dio más de dos pasos antes de morir.
Escuché unos aplausos, volví la cabeza y el semiorco sonreía mirando hacia mí. Cogió un enorme martillo a dos manos y cargó. Cuando me golpeó con el martillo puse el escudo en medio, el impacto a poco rompió mi brazo y caí al suelo, aturdido, miré hacia el semiorco y vi que el martillo se alzaba…
jueves 15 de octubre de 2009
Ángel de la noche
No llevaba demasiado tiempo en mi nuevo hogar cuando ocurrió el hecho que marcaría mi vida por completo y es que gracias al destino o por culpa de él ese día te cruzaste en mi vida mi ángel de la noche, lo recuerdo como si fuera ayer.Estaba en el camino del comercio cerca de Assen cuando apareciste con Selil, llegaste y exigiste alimentarte del drow con el cual en ese momento me encontraba. Aunque era joven e inexperto mi valor pudo más que mi sentido común y me interpuse entre tú y tu presa y aunque el resultado del forcejeo estaba escrito antes incluso de comenzarlo, trate de resistirme con todas mis fuerzas.
Cuando sentí el roce de tus colmillos en mi cuello un enorme temor invadió mi cuerpo, bebiste mi sangre y con ella aunque en ese momento no lo sintiera también te llevaste mi corazón. En ese momento sabe Torm que hubiera acabado contigo si hubiese podido, pero no podía y aun sigo dando gracias por ello.
Recuerdo que tras la indefensión sufrida tras el mordisco comencé a entrenar más duro, con el solo objetivo de vengarme. Pero de alguna forma, no podía pensar en ti y odiarte, aquello me dolía incluso más que la impotencia que sentí cuando me mordiste. El mero hecho de recordar tu imagen creaba en mí una marea de sentimientos que no sabía interpretar.
El día que Earier vino a buscarme para ir a tu castillo porque estabas muriendo de sed, estuve a punto de no ir allí, pero algo me impulso a seguirle. Llegamos al castillo y nos recibió tu sirviente preocupado por tu estado. Nos condujo ante ti y en ese momento comprendí que era lo que me obligó a ir al castillo, te vi allí casi muerta por culpa de la sed y sacando fuerza de flaqueza queriéndome echar y no beber.
Fue en ese instante cuando supe que me había enamorado de ti, tu frágil cuerpo allí tendido me partía el corazón y haciendo uno de mis muchos alardes de falta de inteligencia saqué una daga y me hice un profundo corte en el pecho, del cual todavía conservo la cicatriz, te cogí entre mis brazos y acerqué tu cabeza a la herida obligándote a beber.
Tuvo que acudir un médico a atenderme por culpa del corte que me hice, me llevasteis a la única habitación apta para vivos en ese castillo y agarrando mi mano velaste por mí junto a la cama, preocupada. Recuerdo verte llorar lágrimas carmesí cuando abrí los ojos presa de la preocupación y sobretodo lo demás recuerdo como me besaste al ver que estaba bien, nuestro primer beso.
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